VIAJES



Todo viaje es una iniciación, un portal, un encuentro y una invitación a ir más allá de cada uno. Cada pequeño o gran viaje me ha hecho, me ha construido y me ha moldeado. Aquí no voy a hablar de grandes viajes, me gustaría honrar los pequeños momentos en los que un lugar se despliega ante ti y sientes que has compartido algo con él, que has recibido y dado, y en esa comunión algo ha sido transformado. Algunos de estos momentos son divertidos o entrañables, otros poderosos, pero en todos ellos se manifiesta la esencia eterna y efímera de un espacio. 

                                            Ciudad Perdida, Colombia
















En algún lugar de India








                                                                                 Seúl en el recuerdo




Llegada a La Habana
Medio atontada todavía por el viaje, salimos con retraso porque se rompió uno de los baños del avión y al llegar a Cuba también había problemas con el finger, pero ya estoy aquí y con mucha suerte porque no hay ciclones a la vista y tengo un apartamento lindo. La señora Anisa me recibió con café, bombones y poemas de Machado así que estoy encantada con mi casa. Y aquí ando, desentrañando los misterios de los CUC y los CUP/ MN, como no tengo mapa y el wifi está complicado me las he apañado para llegar al Habana Libre y conectarme pero a partir de aquí y hasta que llegue a México no sé si voy a poder usar Internet.
La Habana me trae recuerdos de Venezuela (aunque en Venezuela hay más rejas), los arbolones inmensos, el jugo de guayaba, la luz que se estrella en edificios hermosos y desconchados, la mezcla de personas y colores.
Los coches me flipan, y yo no soy de coches, hay algo de nostálgico en esos cacharros pintados de azules y rojos relucientes y son como Cuba, una alegría y una tristeza a la vez, como caminar junto a los cartelones con citas del Ché por las calles de luz, socavones y polvo. Hay una lluvia que duele y una lluvia que limpia en el inmenso corazón de esta isla.
Aquí estoy, y algo de mí aquí se queda.







De nuevo en México. Ray y yo tenemos ideas distintas: él quiere ver la casa embrujada donde se aparece la mujer de Hernán Cortés y yo la casa azul de Frida Kahlo. Él pregunta por las calles de Coyoacan pero nadie conoce esa casa. Creo que se queda más contento cuando un taxista (que canta canciones de Parchís) le dice que La Llorona se aparece en Xochimilco. Aunque tienen La Llorona igual que en Venezuela aquí no existe La Sayona. Y en este mundo de espectros paseamos por Coyoacan con sus puestos de esqueletos y adornos del día de los muertos. Todo es de colores, Coyoacan es un barrio de casas bajas, árboles, iglesias y fuentes, todo está vivo y lleno del luz, parece un lugar donde se han fundido las fronteras y la vida y la muerte se visitan y bailan. Ya en la casa azul de Frida tengo la misma sensación; los esqueletos de colores colgados del techo bailan junto a las estatuillas prehispánicas, incluso el fusil de Diego Rivera tiene ese aire de fiesta. La cocina también está pintada de azulón y amarillo, los azulejos relucen. Miro las fotos en que aparecen Diego, Frida y Trotski y me los puedo imaginar en esta cocina sumergidos en azul y amarillo comiendo tamales. También está la cama con espejo en el techo donde Frida se hacía autorretratos cuando ya estaba muy mal y no podía moverse. Y el jardín azul profundo con su fuente y su pequeña pirámide. Definitivamente la casa tiene alma y Frida sigue latiendo en todas las personas que entran en sus dominios. Me encantó, volvería sólo por la casa y por pasear en Coyoacan comiendo esa cosa que no sé cómo se llama y tiene maíz, queso y mayonesa. Y ya de noche cenamos en un restaurante coreano, cómo no, jaja. Mil, mil gracias Moon Beom por ser la mejor anfitriona de CDMX, que seas muy feliz en Corea, y a Ray, por enseñarme todos estos lugares, y el sitio frente a Bellas Artes, espero volver a veros para ir al mercado de san Juan y quién sabe, quizá ver la casa encantada.
Y por supuesto
¡¡Viva México!!







En Dublín veinte años después, because the craic must go on!!
Nunca había pensado que se pudiera sentir nostalgia de un color pero mientras el avión aterrizaba la sensación fue tan fuerte que me eché a llorar. No me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos esa hierba verde que fue también la hierba verde de un lago rodeado de pinos en Maine, de una noche en un bosque en Dinamarca, de Ise, en Japón, del norte de España. Excepto que este verde era algo diferente porque era el color de la ciudad que tanto amé, y fue como si algo en mi corazón supiera que estaba regresando a casa.
Seguí llorando todo el trayecto hasta Drumcondra, donde me quedé a pasar la noche. Porque sabía que volvía a reencontrarme también con esa chica de veinte años que era yo, y allí estaba de nuevo en Fibber Magees, good old Bruxelles, Joyce y el abrakebabra, donde comí mis primeros kebabs con Aude, mi amiga francesa. Y Saioa, y Cristina, y Mónica, y la noche de Saint Patrick en Temple Bar, y Galway, Belfast, Athlone...
Y yo iba por ahí llorando y riendo, porque todo me hablaba a mí y me emocionaba con el vidrio de colores en las ventanas.
A veces la gente me pregunta que por qué me emociono tanto con la curva de un arco de medio punto o con cosas corrientes como esas ventanas con vidrios pintados ¿Cómo explicar el privilegio de ver ese arco después de haber visto miles de ellos y saber que es la primera vez, que ese arco es el único y el que contiene a todos los demás.
El día siguiente fue mucho más prosaico, con la emoción me había tomado tres pintas de Kronenbourg con un chico que conocí en Bruxelles y tenía una resaca muy guay, y es que han pasado veinte años y yo ya casi no bebo pintas. Así que en el más true spirit de mi año dublinés pasé el fin de semana a cervezas y libros ¿Quién necesita comer cuando se tienen veinte años de nuevo?
Gracias Dublin y gracias a la Bruni que fui por llevarme de nuevo a ese mundo donde la magia siempre es posible.
Sláinte!!






Turquía
¡¡En Çatal Hüyük!!
Desde que estudiaba antropología he soñado con venir aquí, el lugar donde se encontró la famosa estatua de la diosa madre flanqueada por dos leopardos. 
Ha querido la vida que el yacimiento estuviera sólo a media hora de Konya y aquí hemos llegado, somos muy afortunadas, Cristina Craciun.
Hace frío y ha empezado a nevar, el lugar está prácticamente desierto. Nos encontramos en una estepa desolada, nos entendemos con el taxista por señas, aquí poca gente habla inglés, excepto en los hoteles y tiendas del centro de Konya. Y de repente, en medio de la nada aparece esta ciudad neolítica de hace 9000 años en la que se superponen los niveles. En la zona en la que saco la foto no dejan entrar en invierno, por peligro de accidentes pero yo me cuelo por una hendidura, la verdad es que me impresiona llegar a este lugar alejado de todo donde nuestros antepasados empezaron a crear las primeras ciudades. Sólo se oye el viento, pero yo me imagino que estos habitantes neolíticos me hablan desde sus casas de piedra, y de alguna manera mi corazón les contesta. A la vuelta nos cruzamos con otro coche y el taxista se baja a hablar con el conductor, vuelve con tres hogazas de pan casero caliente y nos da una. Ahora, de vuelta a Konya nos preparamos para salir mañana a Capadocia.
Precioso día.








En la maravillosa isla de Maui, ayer fui a mi primera playita y hoy también vamos a no sé dónde. Casi no me lo creo, me pararon en el control de passportes en el aeropuerto de Los Ángeles y me mandaron con los «irregulares». La verdad es que durante un momento me agobié, estábamos en una sala lúgubre y a un chico delante de mí le negaron la entrada y le estaban leyendo sus derechos y me di cuenta de que podía no sólo perder la conexión a Hawai sino que me podían mandar de vuelta a México. Me puse a repasar todo lo que podía haber causado que me retuvieran ¿Sería porque en mi pasaporte aparecen sellos de países raros? ¿Mi mochila que se cae a pedazos y que sujeto con imperdibles en los bolsillos laterales? ¿Sera mi aspecto maligno? ¿Mi vestido con diseño de bailarinas de hula? Como no podía hacer nada agarré mi libro y me puse a leer, dejé de pensar en lo que podía pasar y me sumergí en el flujo del momento porque en situaciones así sólo puedes dejarte llevar. Cuando me llamaron me dijeron que no había puesto mi pasaporte completo en el formulario del ESTA pero les expliqué que el sistema no me había permitido hacerlo de otro modo y me dejaron irme. Así que allá me fui corriendo hasta mi terminal porque encima sólo tenía 3 horas entre un avión y otro. Llegué y además me sobró tiempo. Y aquí estoy ¡Mahalooooo Mauiiii!!
Ayer me fui a la playa con mi compañera de habitación en los autobuses locales, de relax, me he quemado, he hecho pancakes, todavía estoy medio dormida pero feliz de estar en esta preciosísima isla. El hostel està genial, el viernes me cambio al hotel de súper lujo y mientras estoy con los mochileros veinteañeros, un pintor rasta mexicano y un señor que escribe libros sobre cómo en el futuro emigraremos a otros planetas.








Biggest Chesire cat grin for Haleakala. Haleakala significa «la casa del sol» y una vez en lo alto del volcán con un mar de nubes a tus pies es fácil sentir que estás llamando a las puertas del sol. Está anocheciendo y hace frío, la cima del volcán es un desierto de roca de lava negra y marrón, hay una luz dorada y toco con las manos este mundo mineral reino de Pele, 
diosa hawaiana de los volcanes. La luz llama a la noche, el viento azota con fuerza y es difícil describir la paz y la crudeza de los elementos. Hay una fuerza que me rodea y me sostiene en lo más alto de uno de los lugares más bellos y remotos de la Tierra, Maui. En este lugar donde se viene a morir y a renacer me dejo mecer por la puesta de sol, siento el suelo polvoriento con mis manos desnudas y contemplo otro mundo allá entre las nubes por donde el sol va desapareciendo.
El aire se tiñe de colores y en un momento las sombras caen sobre la tierra.
Tomamos el coche hacia Wailuku en el silencio de la noche, escucho a los Smiths y sorbo yerba mate de mi compañera argentina.
Llegué a donde tenía que llegar, no sé bien cuál era el motivo de este encuentro pero yo estaba allá en lo alto mientras el sol descendía hacia la oscuridad








Rumanía. A veces la gente me pregunta si me vale la pena gastarme el dinero en hacer viajes de apenas dos días, llegar a casa cansada y no haber tenido tiempo de ver muchas cosas. Rotundamente ¡¡Si!! Gracias a Ms. Navidad, Cristina Craciun por acogerme en tu casa y mostrarme tu ciudad, Bucarest, con tanto cariño. Tu bella energía ha hecho que este viaje haya sido tan bonito. Puede que tu casa por fuera sea un bloque comunista, por dentro es una historia de aventuras con zapatos de tango.
Para los que no conocéis Rumanía, es un país de corazón latino en medio del mundo eslavo. De hecho la lengua tiene la musicalidad de las lenguas eslavas (aunque cuando escucho hablar esas lenguas me da un poco la impresión de que se van a echar a llorar de un momento a otro) con un mix de palabras latinas. Cristina y yo decíamos que el rumano suena un poco como un ruso hablando italiano. Hay algunas palabras que me encantaron: «maestrul» y «programul», como el castellano con mucho «ul». Y otras que son totales y mezclan el francés «cartierul» y «gurmetul», y el inglés, mi favorita absoluta es «vulturul».
Y fui a mi primera clase de danza oriental en rumano, toda una experiencia...
Un especial abrazo a los Cárpatos y a sus castillos (este de la foto es el de Sinaia). Y a Banca Transilvania. Y al sentido del humor rumano: cuando vi que hacían huchas con la efigie de Ceaucescu y las bautizaban alegremente con el nombre de «the dictator» casi me da algo. Y a los escritores Ionesco, Cioran y Mircea Eliade. Grandes.
Hasta siempre, Rumanía ¡Noroc!






Hoy he estado en Palencia, reviviendo los espacios de mi infancia. Este mueble lo construyó mi madre con tablas y ladrillos y siempre ha estado en todas las casas en las que he vivido con ella. Desde que tengo memoria ha estado allí y cuando era pequeña lo utilizaba como casa misteriosa porque está lleno de pequeños objetos curiosos y mis muñecos vivían fantásticas aventuras por sus pasillos y recovecos.
Quizá mi madre lo montó porque entonces no había dinero para otra cosa yyo me daba cuenta de que en las otras casas había armarios de verdad, en las casas donde vivían familias normales; este mueble era una de las cosas que me recordaba mi condición de bicho raro.
Y sin embargo, gracias a sus estanterías por las que se paseaban los clicks o las barriguitas, desde muy pequeña los libros se convirtieron en elementos que se entremezclaban en mis juegos: la enciclopedia de los animales, Platón y los filósofos griegos en la parte superior, más arriba, donde nunca llegaban mis juguetes, John Le Carré y Herman Hesse y Cesare Pavese, bajando por la derecha veo a Pedro Páramo, el Libro de Arena, el Túnel y todos los demás títulos de literatura hispanoamericana.
Desciendo con mis muñecos hacia Claudio el Dios y su Esposa Mesalina, por el camino nos cruzamos con la princesa de Éboli y otros libros de novela histórica. Y abajo del todo, Gandhi, Tagore, los Upanishads, el Gita, esperando que vaya haciéndome mayor para compartir conmigo sus palabras. Y en algún lugar secretísimo, siempre, El Nombre de la Rosa.
Hoy vuelvo al viejo mueble para agradecerle sus años de cariño, por ser el soporte de mis primeras andanzas, por entregarme tantos universos, por hacer de los libros una segunda patria, el hogar al que siempre se vuelve

Texto y foto: Brunhilde Román Ibáñez





Una sobre la lengua griega:
¡Me encanta esta lengua! Es todo un descubrimiento. En estas dos semanas que he pasado en Grecia he podido reflexionar un poco sobre el griego: cuando la gente lo pronuncia suena como si hablasen en español sólo que con palabras ininteligibles, estoy llegando a la conclusión de que el griego es español hablado al revés, es más si alguien leyese la Odisea en voz alta de atrás adelante, en algún momento se daría cuenta de que está leyendo el Cantar de Mío Cid (anacronismos aparte).
De hecho, cuando caminaba sola por la calle iba traduciendo conversaciones; me imaginaba lo que la gente estaba diciendo por los sonidos que producían así por ejemplo: "parakaló, mia bira" a mí me sonaba como "apárcalo, mi vida" y me decía a mí misma, qué romántica es esta lengua.
Algunos nombres también me resultan exóticos. En el vuelo de Milan a Corfú, había un azafato griego al que sus compañeros llamaban Estéreo y yo decía, oye, qué bien suena. Más tarde, pude ver en su etiqueta con el nombre que en realidad se llamaba Stelios. Lo que me dejó un poco descolocada fue que al final del vuelo se había cambiado de etiqueta por otra que ponía Tatiana.
Otra cosa que me encanta de aquí es que usan palabras en lengua de la calle que para nosotros pertenecen a las ciencias, a manuales técnicos o a poesía: cada vez que veía escrito "exodos" en la puerta de salida me entraba como una corriente eléctrica, "no estoy cruzando una puerta, esto es un éxodo ¿dónde estoy yendo en realidad? Normal que con esta lengua los filósofos estuviesen todo el día preguntándose cosas", decía yo.
También he aprendido mucho leyendo las etiquetas del agua mineral: en Grecia el agua es de origen místico y si te la bebes en el interior (esotérico en griego) ya no te digo nada, estás descubriendo los secretos del universo. Creo que a Heráclito se le ocurrió eso de "todo fluye" mientras bebía una botella de agua mineral.
Otras palabras que me encantan son Klimatismos (aire acondicionado), logarismos (¡la cuenta!, es genial) o catálogo (menú). En fin, que yo en cuanto pueda me vuelvo a Grecia en pos de nuevas aventuras lingüísticas.

Texto y foto de Delfos: Brunhilde Román Ibáñez


2 comentarios:

  1. Gracias por estas joyas de tus vivencias,por estas pinceladas de tu universo interior a través de una imagen o de un lugar,por ese humor contagioso que llevas contigo como cascabeles.
    Gracias por ser tan entrañable,
    y tan hermosa.

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    1. ¡¡Mil gracias!! celebro que puedas venir conmigo a través de estos viajes, gracias por creer en mi universo, que también es tuyo.
      Te quiero

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